La noticia sobre el matemático que publicó un artículo deliberadamente absurdo en revistas depredadoras vuelve a poner sobre la mesa un problema de fondo del sistema científico actual, medimos producción, pero no siempre conocimiento ni utilidad social.
El énfasis excesivo en indicadores cuantitativos (nº de artículos, indexaciones, rankings) ha favorecido dinámicas donde el objetivo es publicar, no necesariamente transferir resultados relevantes a la sociedad. Esto no solo distorsiona la evaluación académica, sino que debilita la credibilidad de la ciencia como herramienta para informar e impactar en políticas públicas, innovación o debate social.
Este caso refuerza la necesidad de avanzar hacia modelos de evaluación que, prioricen la calidad y el rigor, valoren explícitamente la transferencia de conocimiento e incorporen métricas de impacto social real de la investigación.
La pregunta clave ya no debería ser solo dónde se publica, sino para quién investigamos y qué transformamos realmente. Como comunidad científica y como responsables de formación y generación de conocimiento, debemos reafirmar la función social de la investigación, pues no se trata solo de producir papers, sino de generar conocimiento con significado y utilidad verificable para la sociedad.
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