Sobre lo que medimos, lo que dejamos fuera y por qué una carta de amor dice más que un informe.
Mi amiga Teresa y yo tenemos dislexia. Bueno, creemos que tenemos, porque a ninguna de las dos nos evaluó nadie en nuestra etapa educativa. Solo sabemos que de pequeñas aprender nos costaba más que a los demás, que intercambiamos letras al hablar o escribir, que no tenemos claro cuál es la dirección izquierda y la derecha y que hemos aprendido a convivir con ello a base de esfuerzo y de reírnos de nosotras mismas. El otro día andábamos jugando a Quick, Draw!, ese experimento de Google en el que una red neuronal tiene unos segundos para adivinar qué estás dibujando. Salió la palabra y las dos, sin consultarnos, leímos lo mismo: cuchara. Dibujamos una cuchara excelente, por cierto. La máquina no había manera de que nos entendiera, y nosotras erre que erre, añadiendo detalles al mango. Hasta que volvimos a mirar la pantalla, lo que pedía era una cucaracha.
Nos reímos muchísimo. Y luego lo comentamos. Porque durante aquellos segundos hubo un sistema insistiendo en que lo que estábamos haciendo estaba mal. Y no lo estaba, nuestra cuchara era una cuchara impecable. El desajuste no estaba en el trazo ni en el algoritmo, sino en el trayecto entre la palabra escrita y lo que nuestros ojos leyeron. Un trayecto que, en nuestro caso, hace a veces una curva. La red no tenía forma de saberlo. Y la escuela, muchas veces, tampoco.
Me he acordado de todo esto leyendo la carta de amor que el guionista Eduard Sola le ha escrito a la dislexia de su mujer. La historia empieza con una redacción. Una maestra recoge los trabajos de la clase, ve el de Maria, lleno de faltas, y comenta en voz alta, delante de todos, que no le hace falta leer el nombre para saber de quién es; que ya le ha dicho mil veces que escriba frases cortas. La clase se ríe. Maria sonríe para disimular y se guarda el momento. Para siempre. Ese día se instaló una certeza íntima: soy más tonta que los demás. Esa certeza no se evalúa en ninguna prueba estandarizada, no puntúa, no aparece en ningún cuartil. Pero organiza una vida entera.
Sola escribe que Maria le enseña que “la lógica es el menos lógico de los criterios para tomar una decisión”. Con esa frase, concluye que la humanidad asoma cuando nos olvidamos de ser tan eficaces.
Buceando en los datos de PISA me encuentro con que el 40% de nuestros estudiantes usa inteligencia artificial generativa para resumir textos que tenía que leer, diez puntos por encima de la media de la OCDE. Hemos empezado a delegar justo la parte del aprendizaje que costaba, y la parte que costaba era la que enseñaba.
PISA nos dice cuánto. Sola nos recuerda a quién. Maria no aparece en ninguna tabla de PISA, pero cada aula tiene una Maria, una Teresa o una Rocío sentada en algún sitio, calculando en silencio cuánto le va a costar hoy demostrar que no es tonta. Ese cálculo también es un resultado educativo. Sencillamente, no lo estamos midiendo.