Hay viajes que se miden en kilómetros y otros que se miden en preguntas. Del 29 de octubre al 6 de noviembre, cinco miembros del equipo de la Universidad de Extremadura hemos estado en Temuco, en La Araucanía (Chile), desarrollando el trabajo de campo del proyecto COINCIDE. El título completo del proyecto es Saberes situados para una ciudadanía digital crítica en contextos interculturales: investigación-acción universitaria frente a la desinformación y los discursos de odio desde una perspectiva de género e intercultural. Es un proyecto gestionado por la Oficina Cooperas de la Universidad de Extremadura y financiado por la AEXCID. Vuelvo con muchas más preguntas de las que traía, y creo que eso es una buena señal.
Solemos hablar de desinformación y de discursos de odio como si fueran fenómenos universales, que se manifiestan igual en todas partes y se combaten con las mismas recetas. Pero lo que una persona ve en la pantalla de su teléfono depende de quién es, de dónde habla y de qué historia arrastra su comunidad. Por eso COINCIDE parte de una idea que me acompaña desde hace tiempo, el conocimiento siempre es situado. Para pensar la ciudadanía digital crítica no basta con mirar desde la universidad. Hay que mirar con quienes viven esos ecosistemas digitales, y desde los lugares donde la desigualdad, el género y la interculturalidad se cruzan de forma más visible.
Hemos trabajado junto a la Universidad Católica de Temuco, universidad que nos ha acogido y acompañado durante estos días gracias al estupendo equipo de María Elena.
El trabajo de campo se ha organizado en torno a tres colectivos y tres técnicas. Profesorado de la UCT, alumnas mapuches de pregrado de educación primaria y maestras mapuche. Las técnicas ulizadas fueron fotovoz, cuestionarios y mapeo participativo.
En el mapeo llegamos a una idea que resume buena parte de lo que fuimos escuchando estos días. El odio y la desinformación no aparecen de la nada. Crecen sobre relaciones de «poder sobre» los demás, que se alimentan del individualismo, del desconocimiento del otro y de un uso acrítico de la tecnología. Por eso el problema no es solo digital, es un problema de convivencia.
Y la convivencia se sostiene con formación crítica. Una formación que no puede quedar solo en manos de la educación, porque necesita también de la política, y que únicamente arraiga cuando parte de la matriz cultural de cada comunidad. No se trata de llevar respuestas desde fuera, sino de construirlas desde dentro.
De este viaje me llevo, en primer lugar, a la gente. He encontrado en Chile una amabilidad que es una forma de recibir al otro, en esto no hay quien gana a Ernesto y a María Elena, y un compromiso que se nota en cada conversación con el profesorado, estudiantes y maestras que se toman en serio lo que está en juego cuando hablamos de desinformación y de odio en las redes, porque lo viven de cerca y quieren hacer algo con ello. Investigar con personas así no es un método, es un privilegio.
Me llevo también unas palabras de Elicura Chihuailaf, poeta mapuche, que encontré en el Museo Regional de la Araucanía, en Temuco. En Recado confidencial a los chilenos describe lo mapuche como una diversidad que brota de una raíz común, sostenida por la memoria de los antepasados, y escribe que «nuestros Espíritus son las aguas que siguen cantando bajo sus hojas». Leído después de las sesiones con las maestras y estudiantes, ese texto me pareció una síntesis de lo que habíamos escuchado, es decir, una manera propia de ver el mundo que no se deja reducir a un dato. Si algo nos enseña la perspectiva intercultural es que la ciudadanía digital crítica no puede construirse borrando esas raíces, sino aprendiendo desde ellas.
Y me llevo el paisaje, la tierra y las raíces. De los 18 parques nacionales que forman la Ruta de los Parques de la Patagonia chilena, solo pude recorrer uno, el Vicente Pérez Rosales, el más antiguo del país, que acaba de incorporarse a la ruta justo en su centenario. Fue suficiente para saber que vuelvo con una deuda pendiente. Lagos, volcanes y bosques que obligan a bajar el ritmo y a mirar despacio. Quizá por eso el paisaje y el proyecto me parecen ahora parte de la misma lección, hay cosas que no se comprenden desde fuera ni con prisa. Hay que estar, escuchar y dejar que el lugar te cambie la mirada. Eso es, en el fondo, lo que significa hablar de saberes situados.
Gracias
A Teresa, Eva, Víctor y Sara, compañeros de viaje, y al resto del equipo que lo ha sostenido desde Extremadura, Olga y Ana. A María Elena Mellado y al equipo de la UCT, en especial a Ángela y Juan Carlos, por abrirnos las puertas con tanta generosidad. Y, sobre todo, a las maestras y estudiantes que han compartido su tiempo, sus imágenes y sus palabras.
Volvemos a casa con mucho material que analizar y con la certeza de que la ciudadanía digital crítica se construye mejor en plural y desde muchos sures.
¡Seguimos construyendo saberes situados!