El pasado 25 de junio asistí a la tercera edición de «Conversaciones C», el ciclo organizado por la Oficina de Ciencia y Tecnología del Congreso de los Diputados (Oficina C), en el que la doctora María Martinón-Torres, directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), ofreció una charla titulada «El estudio del pasado como herramienta de futuro». La tesis central de la intervención se basa en que estudiar el registro fósil no es un ejercicio de curiosidad sobre el pasado, sino una herramienta para comprender qué nos hizo sobrevivir como especie y qué necesitamos para seguir haciéndolo en un entorno que cambia constantemente.
Martinón-Torres subrayó que nuestra evolución no ha sido un camino perfecto ni lineal, y esa imperfección no es una debilidad, sino justamente la razón de nuestro éxito. Una especie que resuelve problemas no necesita ser perfecta, necesita adaptarse. Por ello, debemos ser conscientes de lo que nos distingue de otros primates, explicó, que es la combinación de tres rasgos. En primer lugar, un cerebro desproporcionadamente grande en relación con nuestro cuerpo, en segundo lugar, la postura bípeda y, en tercer lugar, el uso de herramientas complejas, hoy en día basadas en nuestra dependencia tecnológica tan profunda que Dawkins la definió como nuestro «fenotipo extendido».
Si algo nos deja claro la ponente durante su ponencia es que somos, ante todo, una especie social. Durante la charla aporta ejemplos de esta característica en el nacimiento, pues somos la única especie que necesita ayuda externa para nacer, la longevidad, pues la edad reproductiva no ha aumentado pero la población mayor resulta clave para la supervivencia y el desarrollo del grupo. Y, por último, las evidencias fósiles que demuestran que gracias a los cuidados del grupo se superaron enfermedades muy graves. La enfermedad individual se compensa con la red social, la soledad, en cambio, no.
Es importante señalar, por último, que hoy nuestro cerebro ya no aumenta de tamaño, pero contamos con algo más interesante, el «cerebro colectivo». De ahí la importancia de fortalecer las conexiones, apoyar la diversidad y el cambio, y sostener políticas colectivas y preventivas.
La conferencia se cerró con una referencia al poema Las cicatrices, de Piedad Bonnett, como metáfora de que las marcas de nuestra evolución no deberían esconderse, sino entenderse como parte del aprendizaje que nos ha permitido avanzar como especie.
Una lectura obligada desde la educación
De la charla extraigo las siguientes claves aplicables a la educación:
- La prosocialidad deja de ser una competencia deseable en el aula y pasa a ser una condición de base pues aprendemos, sobre todo, en red y con otros. La dimensión social del aprendizaje no es un complemento pedagógico, es, como en la evolución humana, el mecanismo que explica que el aprendizaje ocurra.
- Un entorno de aprendizaje no funciona por la suma de individuos competentes, sino por la calidad de los vínculos que sostienen a ese grupo cuando alguien, ya sea estudiante o docente, atraviesa una dificultad. Atender a la diversidad de capacidades se vuelve clave en este proceso.
- Las cicatrices. Como comentó la ponente en el cierre, hay una tradición japonesa, el Kintsugi, que repara la cerámica rota rellenando sus grietas con oro. La pieza no se restaura para disimular la fractura, sino para exhibirla como parte de su historia y de su valor. Trasladado al aprendizaje, es la misma idea, es decir, los errores, los tropiezos, las heridas emocionales de un proceso educativo no son algo que haya que borrar o esconder, sino espacios para reconstruirse.
- Uso de herramientas complejas. Como ya he defendido en esta web, la IA es una herramienta que hemos diseñado nosotros mismos y, como toda herramienta humana, no nace perfecta ni neutra si no que arrastra nuestros sesgos, nuestras urgencias, nuestras propias grietas.Insisto una vez más que tenemos la responsabilidad, y la capacidad, de intervenir sobre esa herramienta para que no nos desplace de nuestro propio equilibrio, sino que se adapte a él. No se trata de adaptarnos nosotros a la lógica de la máquina, sino de exigir que la máquina se adapte a nuestra homeostasis, a los ritmos, los vínculos y las necesidades emocionales y sociales que nos han permitido sobrevivir como especie.