A una semana de que terminen las clases, empiezo a hacer balance del curso para repensar la planificación docente del año que viene. Hay una escena que estoy segura de que cualquier docente universitario reconocerá al instante. Planteas una pregunta en clase, o propones una actividad, y en cuestión de segundos la mayoría de los estudiantes baja la mirada hacia el móvil, ya ni siquiera al portátil, solo al móvil. Su intención no es informarse, contrastar ni explorar. Es preguntar a la máquina, copiar lo que devuelva y pegarlo donde corresponda. Sin leer lo que la inteligencia artificial generativa (IAG) ha escrito, sin preguntarse si es correcto, y con total convicción de que lo que acaban de entregar es un trabajo propio.
Bienvenidos a la IAcracia universitaria, el sistema en el que la IAG ha tomado el gobierno silencioso del aula, y nadie ha votado por ello.
Lo más desconcertante no es la pereza, sino la confianza. No es la ignorancia, es el comportamiento. No es la rendición, es la actitud. La IAG da certeza en un entorno saturado de incertidumbre. Los estudiantes no sienten que estén evitando el esfuerzo, sienten que son eficientes. Un estudio publicado en SSRN con más de mil participantes reveló que cuando una IA proporciona respuestas incorrectas, los usuarios las aceptan en más del 70% de los casos, y lo hacen con más seguridad que si hubieran respondido solos. En la IAcracia, la máquina siempre tiene razón, aunque no la tenga.
El problema no es que los estudiantes usen la IAG, sino que la usan como un oráculo único e incuestionable. Una sola herramienta, una sola consulta, sin contrastar con otras fuentes ni con otros modelos. Algunos investigadores, como menciona Dans, ya llaman a este fenómeno cognitive surrender, rendición cognitiva.
La respuesta más útil no es prohibir sino rediseñar. Las actividades tienen que dejar de ser reproductivas para volverse productivas, lo que significa apostar por tareas que exijan pensamiento crítico y colaboración real, que estén ancladas en contextos auténticos y que permitan evaluar no solo el resultado sino el proceso que lo ha generado. Y, sobre todo, hay que recuperar la defensa oral del trabajo como parte natural de la evaluación. La IAG puede escribir el texto, pero no puede estar en el aula cuando hay que explicarlo, cuestionarlo y sostenerlo.
La IAcracia funciona porque nadie ha declarado su existencia. Se ha instalado en las aulas de forma silenciosa, curso a curso, consulta a consulta, entrega a entrega. Su coste no aparece en ningún expediente académico, sino más tarde, cuando descubres que aprendiste a aprobar actividades y exámenes, pero no a resolver problemas reales.
Cuanto más accesible se vuelve la inteligencia artificial, más valioso se vuelve algo que no puede generar, la metaevaluación, la capacidad de evaluar lo que produce y contextualizarlo. Tenemos hasta septiembre para repensar, programar y diseñar procesos educativos que promuevan el uso crítico y ético de la tecnología y sus correspondientes procesos de metacognición. Eso requiere lo que la IAG tampoco puede hacer por nosotros, reflexión, formación y debate democrático.